LA FRAGANCIA
-“Tómalo, es un tallo de limonero”-.
Y en sus manos
comenzó a florecer la fragancia.
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LA CASA
La casa está llena de confidencias y postigos.
¿Quién habita detrás de los tapices?
¿Quién se detiene, siquiera algún instante,
para beber desde el patio el agua de las lluvias?
La casa, sumisamente antigua,
anclando su misterio a la humedad del muro
no conserva las llaves de sus puertas.
(Como el hondo minuto de los siglos
ya no interesa a nadie).
Muchas veces usé sus escaleras,
cerca de los metales que brillaban
para seguir el vuelo exangüe de la tarde.
Soñarla no es difícil.
Piedra a piedra, llevo andando esta casa,
(al margen del olvido)
cual humilde victoria arrebatada al tiempo.
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TRENES A LA MADRUGADA
No eligen los lugares.
Simplemente vigilan
uniendo los recintos de la niebla
(que se abren a oscuros corredores)
con su equipaje de cicatrices y de insomnio.
Allí converge el tedio, la ansiedad
con sus alas de invisible latencia,
la dispersión, la angustia
afirmando su alcance de áspera resonancia.
Ausencia y despedida son como mitades
que modelan sus voces sobre las estaciones.
Así surgen planicies, sótanos, escaleras,
mujeres diminutas por larguísimas calles,
baldíos y cerrojos, jinetes polvorientos,
ruinas, humo, santuarios.
No hay nada que pueda parecerse a los trenes.
Son lentos miradores de furtivas señales,
son el único albergue ocultando la vida
en todos los rincones.
No hay nada que pueda parecerse a los trenes
con su vértigo triste aliviando los modos
de esas huellas cambiantes
hasta cumplir el límite que desnuda su muerte
hacia las madrugadas.
Sin arrasar los ojos erguidos en la espera,
sosteniendo rumores a favor de los álamos.
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UN CABALLO
La llanura lo espera desde siempre.
Más allá de los algarrobos del estío,
junto a las islas, un oscuro caballo
de ojos tan mansos que no dejan confesar su orgullo
urde un monólogo que linda con el alba.
Sale un momento de la mitología.
En la historia que fue soñada por Ariosto
es dispersión y gloria y es el riesgo
junto al filo tutelar de Durindana.
Un jinete lo mira en la memoria.
Le concede la página de un libro
y cualquier pesadilla de una noche.
La tersura de su ébano invariable
puede estar en dos lugares a un tiempo.
Pero ajeno al rumor de la mancera
este caballo es recto y firme. Es diferente.
Yergue su cuello lustroso y asegura
el asombro del agua en su garganta.
Una tenue astronomía va heredando
aquél pasado de epopeyas y de bronces.
No recuerda el deshonor y, sin embargo,
nadie le ha prometido la victoria.
Lejos de Atilas. De Troya y de Cervantes
inclina su crin sobre la grama.
Nadie sabe si es verdadero o si es un sueño.
Repetirá el monótono camino
bajo el trémulo horizonte de la estrella.
Por eso va vindicando sobre el llano
la variedad del orbe y los enigmas
de la curiosa condición humana.
---------------------------------
LAS ESTATUAS
Bajo la luna se inclinan las estatuas.
(Una versión de piedra que se atribuye al tiempo).
Fácilmente podrían transformarse en almas
o en cuerpos voluptuosos que retornan, al azar,
por un extraño puente que vive entre dos mundos.
La penumbra recobra sus antiguas edades,
la historia de los seres que son huecos desiertos
tejidos por el mármol.
Las estatuas se inclinan, a veces,
como livianos juncos inundados de estrellas.
No es posible entender esa piel con que las cubren
para deshabitarlas.
Por las grietas absortas que miran hacia adentro
esperan indulgentes su muerte ya cumplida.
Del otro lado de la memoria que no existe
son las estatuas reflejos extinguidos,
un efecto de la luz que nos condena.
Por eso es que jamás pueden mirarnos
de frente y a los ojos.
---------------------------------
EL GRILLO
Alabemos la vibración del grillo.
Acaso su misterio se desprende
de las hojas perdidas
o de las frágiles humedades que en la noche
adelanta el rocío.
Alabemos ese rumor profundo,
esa sílaba insistente que se alarga
para quebrar la intimidad de las criaturas,
cuyos hilos secretos armonizan con un jardín arcano.
Cuando el fluido del viento lo adormece
su silencio resguarda
esa mínima libertad en que flotamos.
---------------------------------
BALCONES
Por el momento,
sólo existe la noche
con su vértigo de rincones invisibles.
Sólo está la penumbra
arrebatando la imperfección al muro.
Todo un pueblo de espejos que navega
reclamando el exilio de las formas.
En los balcones
la tiniebla es un huésped solitario,
es un liviano umbral que se desliza
por la hundida región de los canteros.
Anudados a la brumosa calma
hay un mínimo lugar donde el geranio
evidencia un aroma vulnerable,
mientras se alza sobre su luz en agonía
el parpadeo final de una luciérnaga
desuniendo los hilos de la sombra.
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La llanura lo espera desde siempre.
Más allá de los algarrobos del estío,
junto a las islas, un oscuro caballo
de ojos tan mansos que no dejan confesar su orgullo
urde un monólogo que linda con el alba.
Sale un momento de la mitología.
En la historia que fue soñada por Ariosto
es dispersión y gloria y es el riesgo
junto al filo tutelar de Durindana.
Un jinete lo mira en la memoria.
Le concede la página de un libro
y cualquier pesadilla de una noche.
La tersura de su ébano invariable
puede estar en dos lugares a un tiempo.
Pero ajeno al rumor de la mancera
este caballo es recto y firme. Es diferente.
Yergue su cuello lustroso y asegura
el asombro del agua en su garganta.
Una tenue astronomía va heredando
aquél pasado de epopeyas y de bronces.
No recuerda el deshonor y, sin embargo,
nadie le ha prometido la victoria.
Lejos de Atilas. De Troya y de Cervantes
inclina su crin sobre la grama.
Nadie sabe si es verdadero o si es un sueño.
Repetirá el monótono camino
bajo el trémulo horizonte de la estrella.
Por eso va vindicando sobre el llano
la variedad del orbe y los enigmas
de la curiosa condición humana.
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LAS ESTATUAS
Bajo la luna se inclinan las estatuas.
(Una versión de piedra que se atribuye al tiempo).
Fácilmente podrían transformarse en almas
o en cuerpos voluptuosos que retornan, al azar,
por un extraño puente que vive entre dos mundos.
La penumbra recobra sus antiguas edades,
la historia de los seres que son huecos desiertos
tejidos por el mármol.
Las estatuas se inclinan, a veces,
como livianos juncos inundados de estrellas.
No es posible entender esa piel con que las cubren
para deshabitarlas.
Por las grietas absortas que miran hacia adentro
esperan indulgentes su muerte ya cumplida.
Del otro lado de la memoria que no existe
son las estatuas reflejos extinguidos,
un efecto de la luz que nos condena.
Por eso es que jamás pueden mirarnos
de frente y a los ojos.
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EL GRILLO
Alabemos la vibración del grillo.
Acaso su misterio se desprende
de las hojas perdidas
o de las frágiles humedades que en la noche
adelanta el rocío.
Alabemos ese rumor profundo,
esa sílaba insistente que se alarga
para quebrar la intimidad de las criaturas,
cuyos hilos secretos armonizan con un jardín arcano.
Cuando el fluido del viento lo adormece
su silencio resguarda
esa mínima libertad en que flotamos.
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BALCONES
Por el momento,
sólo existe la noche
con su vértigo de rincones invisibles.
Sólo está la penumbra
arrebatando la imperfección al muro.
Todo un pueblo de espejos que navega
reclamando el exilio de las formas.
En los balcones
la tiniebla es un huésped solitario,
es un liviano umbral que se desliza
por la hundida región de los canteros.
Anudados a la brumosa calma
hay un mínimo lugar donde el geranio
evidencia un aroma vulnerable,
mientras se alza sobre su luz en agonía
el parpadeo final de una luciérnaga
desuniendo los hilos de la sombra.
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LAS CÚPULAS
Entra el crepúsculo, donde todo es confín,
donde la niebla pierde el último pájaro
siguiendo esa distancia que otorga el firmamento.
En la sombra ulterior ocres molduras,
vastos declives de mundos solitarios
de lóbrega y paciente simetría.
Como un museo de formas inconstantes
surge el reino espectral de la memoria
para escalar las cumbres del ocaso.
Torna el viento a advertir que hacia lo oscuro
un minucioso laberinto de cornisas,
de dinteles preciosos y de cúpulas
enumeran un arcano que se efunde
y es la estrella la víspera impasible
en un ámbito infinito como el sueño.
Tras un sosiego de ocultos resplandores
la ciudad alcanza un rostro insospechado:
arcos, relieves, domos, arquitrabes,
una visión de torres indulgentes
anocheciendo en la perpetuidad de su nostalgia.
Y ante el olvido, que es acaso de una costumbre,
se yerguen de algún extraño modo
como piadosas imágenes eternas.
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Entra el crepúsculo, donde todo es confín,
donde la niebla pierde el último pájaro
siguiendo esa distancia que otorga el firmamento.
En la sombra ulterior ocres molduras,
vastos declives de mundos solitarios
de lóbrega y paciente simetría.
Como un museo de formas inconstantes
surge el reino espectral de la memoria
para escalar las cumbres del ocaso.
Torna el viento a advertir que hacia lo oscuro
un minucioso laberinto de cornisas,
de dinteles preciosos y de cúpulas
enumeran un arcano que se efunde
y es la estrella la víspera impasible
en un ámbito infinito como el sueño.
Tras un sosiego de ocultos resplandores
la ciudad alcanza un rostro insospechado:
arcos, relieves, domos, arquitrabes,
una visión de torres indulgentes
anocheciendo en la perpetuidad de su nostalgia.
Y ante el olvido, que es acaso de una costumbre,
se yerguen de algún extraño modo
como piadosas imágenes eternas.
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PEQUEÑOS REINOS
Sólo es perpetuo
el minuto que tiembla en un jardín
dejándose impregnar, desde el fondo del agua,
por la agonía silenciosa de algún pétalo.
La vana ceremonia de esa línea invisible
se adhiere a la música de un piano,
vibraciones cambiantes que insinúan
el reino de una muchacha insomne.
En ese extraño lugar que vuelve a abrirse
(para la plenitud y el sueño)
la huella sucesiva de un perfume
rasa el teclado, mueve designios,
destierra los pavores,
antes de que un cerrojo los haga perdurables
y custodia un reflejo que en lustrosa inminencia
palpa la ambigüedad del sol,
antes que se consuma, que sus ascuas vacilen
situándose en el último peldaño de los ecos,
antes de que los ojos sean sólo tatuajes
y nada quede de su goce inocente.
Sólo es perpetuo
el minuto que tiembla en un jardín
dejándose impregnar, desde el fondo del agua,
por la agonía silenciosa de algún pétalo.
La vana ceremonia de esa línea invisible
se adhiere a la música de un piano,
vibraciones cambiantes que insinúan
el reino de una muchacha insomne.
En ese extraño lugar que vuelve a abrirse
(para la plenitud y el sueño)
la huella sucesiva de un perfume
rasa el teclado, mueve designios,
destierra los pavores,
antes de que un cerrojo los haga perdurables
y custodia un reflejo que en lustrosa inminencia
palpa la ambigüedad del sol,
antes que se consuma, que sus ascuas vacilen
situándose en el último peldaño de los ecos,
antes de que los ojos sean sólo tatuajes
y nada quede de su goce inocente.
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LOS MUERTOS
¿Qué recuerdan los muertos bajo la raíz
de los árboles?
Serenamente intactos para el alma
son imprecisas sombras, casi a pesar del cielo.
Con dulce antigüedad,
los muros van grabando en sus sienes ausentes
coronas de cenizas.
Gentiles despojados
que conviven a espaldas del dolor inmutable.
Tendrán sus flores, su vocación de greda
por el abierto cauce del olvido.
Hay tantas llagas, hay tanta plenitud
en estos rostros ocultos en la tierra.
Conquistando el silencio.
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LABERINTOS
Una criatura, grávida de oscuridad,
guarda en lo profundo campanas
que en la noche resuenan.
Con hábiles manos teje sus disfraces
y sobre nudos invisibles ata un hilo
que corre desde la cerradura hasta el espejo.
No hay traiciones en esta soledad.
El sueño o el desdén
son el áspero alimento para ingresar
a cada laberinto.
Cualquier declive hacia otro lado
es un lenguaje al cielo,
una cita de sobreviviente.
---------------------------------
ESCARABAJOS
Otra vez el jardín.
Y entre el vaho ondulante que se cierne
sobre el último fulgor de las violetas
lentos escarabajos
tapizan las cercanías del estanque.
Aventando en el lodo algún reino ancestral,
que desde el largo Nilo acaso los reclame,
ellos están aquí, parsimoniosos,
fundiendo sus míticos relieves
como apacibles corazones funerarios
preconizados en los hieráticos rituales
bajo el imperio de los tolomeos.
Confidentes de sepulcros y escrituras
junto a ráfagas y gránulos de tierra
reaparecen con su perfil sagrado
por un naufragio de memorables dinastías.
Pausados, en cándida inquietud,
sin alcanzar a intimidar el pulso
de este jardín que habitado por la estrella
acaricia perceptibles densidades
por las flotantes columnas del ensueño,
ellos cavan las entrañas de la noche
sumisos a los llamados del misterio.
Con su fábula de sólida negrura
son centinelas que germinan en el légamo
prontos a evaporarse entre otras sombras.
Sin llegar a descifrar las mutaciones
ni los capítulos del Libro de los Muertos,
olvidados ya por Osiris y por Neftis
estos emblemas sonámbulos de luna
perdurarán con sus opacas resonancias
modulando su tacto entre las frondas,
impiadosamente ajenos a los siglos
y a la advertencia de las profecías.
---------------------------------
LOS OJOS
Tantas cosas desfilan cada día
ante nuestros ojos,
que éstos acaban por perder su nitidez.
Estamos ligados a la fraternidad de los albergues,
de las fechas, de las noticias.
El hombre sigue caminos misteriosos:
si a la debilidad acerca la dureza
logra reunir vagas nociones de lo justo.
Y, aunque nuestros ojos parezcan apagados,
pueden ver allá lejos,
franqueando el círculo de la memoria.
La vida no se pierde fácilmente.
Extrañas imágenes, más extrañas que los hombres
regresan a los ojos.
Y nosotros, que no veíamos nada,
nos apartamos del naufragio.
Una criatura, grávida de oscuridad,
guarda en lo profundo campanas
que en la noche resuenan.
Con hábiles manos teje sus disfraces
y sobre nudos invisibles ata un hilo
que corre desde la cerradura hasta el espejo.
No hay traiciones en esta soledad.
El sueño o el desdén
son el áspero alimento para ingresar
a cada laberinto.
Cualquier declive hacia otro lado
es un lenguaje al cielo,
una cita de sobreviviente.
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ESCARABAJOS
Otra vez el jardín.
Y entre el vaho ondulante que se cierne
sobre el último fulgor de las violetas
lentos escarabajos
tapizan las cercanías del estanque.
Aventando en el lodo algún reino ancestral,
que desde el largo Nilo acaso los reclame,
ellos están aquí, parsimoniosos,
fundiendo sus míticos relieves
como apacibles corazones funerarios
preconizados en los hieráticos rituales
bajo el imperio de los tolomeos.
Confidentes de sepulcros y escrituras
junto a ráfagas y gránulos de tierra
reaparecen con su perfil sagrado
por un naufragio de memorables dinastías.
Pausados, en cándida inquietud,
sin alcanzar a intimidar el pulso
de este jardín que habitado por la estrella
acaricia perceptibles densidades
por las flotantes columnas del ensueño,
ellos cavan las entrañas de la noche
sumisos a los llamados del misterio.
Con su fábula de sólida negrura
son centinelas que germinan en el légamo
prontos a evaporarse entre otras sombras.
Sin llegar a descifrar las mutaciones
ni los capítulos del Libro de los Muertos,
olvidados ya por Osiris y por Neftis
estos emblemas sonámbulos de luna
perdurarán con sus opacas resonancias
modulando su tacto entre las frondas,
impiadosamente ajenos a los siglos
y a la advertencia de las profecías.
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LOS OJOS
Tantas cosas desfilan cada día
ante nuestros ojos,
que éstos acaban por perder su nitidez.
Estamos ligados a la fraternidad de los albergues,
de las fechas, de las noticias.
El hombre sigue caminos misteriosos:
si a la debilidad acerca la dureza
logra reunir vagas nociones de lo justo.
Y, aunque nuestros ojos parezcan apagados,
pueden ver allá lejos,
franqueando el círculo de la memoria.
La vida no se pierde fácilmente.
Extrañas imágenes, más extrañas que los hombres
regresan a los ojos.
Y nosotros, que no veíamos nada,
nos apartamos del naufragio.
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EL CAZADOR
Su sangre se helaba, algunas veces, como la luna.
Crecía su ansiedad
remontando las siluetas de los árboles.
Luego, un ruido muerto y una herida
abigarrándose en las sombras.
El milagro y la fatalidad animaban la espera.
Esos ojos, embalsamados en mitad de su vuelo,
volvieron a la vida.
Y el ave partió hacia otro invierno
con el ala rota.
Su temblor sin reclamo fue un estigma
y su tiempo tan leve, que se podría decir:
"Un día, al alba, la expiación vendrá".
Mientras tanto, el cazador pensaba:
- Apenas queda un pedazo de cielo.
Y regresó a su casa con las manos vacías.
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EL CAZADOR
Su sangre se helaba, algunas veces, como la luna.
Crecía su ansiedad
remontando las siluetas de los árboles.
Luego, un ruido muerto y una herida
abigarrándose en las sombras.
El milagro y la fatalidad animaban la espera.
Esos ojos, embalsamados en mitad de su vuelo,
volvieron a la vida.
Y el ave partió hacia otro invierno
con el ala rota.
Su temblor sin reclamo fue un estigma
y su tiempo tan leve, que se podría decir:
"Un día, al alba, la expiación vendrá".
Mientras tanto, el cazador pensaba:
- Apenas queda un pedazo de cielo.
Y regresó a su casa con las manos vacías.
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MEDITACIÓN
Por la límpida trama que arriesga la memoria
los viejos olivares de mi abuelo lombardo
se acercan al insomnio.
Siento pasar una fragancia de magnolias
y allí están las luces ya perdidas,
la frescura del viento entre las frondas.
Así se encuentra el alma, algunas veces,
detenida en la noche,
que asciende con sus grietas bajo la oscuridad.
En ambiguos fulgores mudándose al enigma
todas las formas se encienden y se esfuman.
Sin embargo, en el azul intenso,
una cadencia insiste. También él, silencioso,
vive fuera del mundo.
Oculto entre la bruma, con benigna apariencia,
vuela absorto el olivo.
Perdiéndose en el aire con curvada nostalgia
no parece extinguirse.
Su lumbre transitoria eligió mis recuerdos.
---------------------------------
LAS MANOS
Qué buscan nuestras manos.
Con el valor de ir a tientas se desplazan
sin que logren tocan nada, enteramente.
Comparten nuestros diálogos
(esos borrosos signos que los labios pronuncian)
para ahogarse en el remanso de sus voces.
Aún inmóviles, se apiadan del instante
en que el cuerpo tendido queda exento del alma,
preocupada por alcanzar la eternidad.
Y unidas, ante el reclamo del olvido,
se hunden del otro lado de los mármoles
sin recibir una parte
de esa recompensa.
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Por la límpida trama que arriesga la memoria
los viejos olivares de mi abuelo lombardo
se acercan al insomnio.
Siento pasar una fragancia de magnolias
y allí están las luces ya perdidas,
la frescura del viento entre las frondas.
Así se encuentra el alma, algunas veces,
detenida en la noche,
que asciende con sus grietas bajo la oscuridad.
En ambiguos fulgores mudándose al enigma
todas las formas se encienden y se esfuman.
Sin embargo, en el azul intenso,
una cadencia insiste. También él, silencioso,
vive fuera del mundo.
Oculto entre la bruma, con benigna apariencia,
vuela absorto el olivo.
Perdiéndose en el aire con curvada nostalgia
no parece extinguirse.
Su lumbre transitoria eligió mis recuerdos.
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LAS MANOS
Qué buscan nuestras manos.
Con el valor de ir a tientas se desplazan
sin que logren tocan nada, enteramente.
Comparten nuestros diálogos
(esos borrosos signos que los labios pronuncian)
para ahogarse en el remanso de sus voces.
Aún inmóviles, se apiadan del instante
en que el cuerpo tendido queda exento del alma,
preocupada por alcanzar la eternidad.
Y unidas, ante el reclamo del olvido,
se hunden del otro lado de los mármoles
sin recibir una parte
de esa recompensa.
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LOS HEREDEROS DEL SILENCIO
De todas las leyendas, ésta es la más extraña
alcanzando las luminosidades del aire.
Los que navegan son como seres alados,
que conocen la temblorosa soledad de las estrellas.
Escuchan el viento y nada reclaman a la suerte.
El agua es la única elocuencia
que insiste en el laberinto de su oído.
Días enteros, su mirada simplísima
ha desafiado al sol.
Sus labios soplan la llama de las velas.
Luego, fijan los remos a la noche.
Poderoso entre iguales, su pensamiento
se une a las reliquias hundidas
y a las zozobras del presente.
Algo de ellos subsiste.
Son los únicos herederos del silencio.
---------------------------------
GLICINAS
De alguna manera debo nombrar esa distancia
en la que no es preciso dejar señales de algún paso
para reconocer las orfandades.
Descendiendo en racimos,
cual extraña costumbre tatuada en la glorieta,
un continente oscila entre el matiz y el tiempo.
Reconozco el camino de aquellas claridades.
Son párpados liláceos, casi en secreto soplo,
creciendo en aquel reino brumoso y desterrado.
Siempre estará ese cáliz ciñendo mis nostalgias.
El levísimo roce de las pequeñas cosas
nos dice que allá lejos ya todo ha sucedido.
Con lentitud el cielo fluye sobre los ojos
y entre el follaje calmo que adelanta la ausencia,
con ávida dulzura se desprende,
hoja por hoja, soñando el corazón.
---------------------------------
TRANSFIGURACIONES
Cuando la altura pasa honrándonos el alma
es que el cielo ha ascendido
como espuma en los párpados.
Así se transfigura el corazón en hálitos dispersos.
Bastará una ventana para que la memoria
conmueva la penumbra.
La luz parece incierta,
pero siempre concluye acercando el milagro.
Todo está en movimiento: arcos, pliegues, fragancias.
Todo nos pertenece. Tristezas, sortilegios
y esa eterna llanura que no logra escurrirse
sobre el orden cambiante del naufragio y la herida.
Apenas superamos los escombros para unirnos al sueño.
Un trémulo estupor es la evidencia.
Entre vagas señales
la vigilia decide su traslado.
Va y viene por la fábula obstinada de este mundo.
Cuando la altura pasa honrándonos el alma
es que el cielo ha ascendido
como espuma en los párpados.
Así se transfigura el corazón en hálitos dispersos.
Bastará una ventana para que la memoria
conmueva la penumbra.
La luz parece incierta,
pero siempre concluye acercando el milagro.
Todo está en movimiento: arcos, pliegues, fragancias.
Todo nos pertenece. Tristezas, sortilegios
y esa eterna llanura que no logra escurrirse
sobre el orden cambiante del naufragio y la herida.
Apenas superamos los escombros para unirnos al sueño.
Un trémulo estupor es la evidencia.
Entre vagas señales
la vigilia decide su traslado.
Va y viene por la fábula obstinada de este mundo.
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HELIOTROPOS
A niveles de fisuras y tinieblas
la estrella fragua sutil sus densidades
y absuelve de su monotonía a los arbustos.
Con los ojos abiertos, bordeando los estíos
desciende sobre los heliotropos.
En diminutos cálices violáceos
anclados a la tierra,
cuando impone su límite la tarde
gráciles la abandonan y se unen al viento,
que se abruma de pétalos levísimos,
enciende cada flor,
toma la tibia cadena de su sangre
y la vierte como osamentas de fragancia.
Mientras la noche hace de las sombras
un solo ramo, una armónica oquedad, un laberinto,
algo se agita profanando el aire
sobre el vínculo genuino de las matas.
Serán las transgresiones del perfume
con su prieta cascada silenciosa
eternizando el insomnio de algún pájaro
que ha dejado sus temblores en las ramas,
su arrullo pendular, sus espejismos.
Y aunque tal vez regrese
ya no está.
A niveles de fisuras y tinieblas
la estrella fragua sutil sus densidades
y absuelve de su monotonía a los arbustos.
Con los ojos abiertos, bordeando los estíos
desciende sobre los heliotropos.
En diminutos cálices violáceos
anclados a la tierra,
cuando impone su límite la tarde
gráciles la abandonan y se unen al viento,
que se abruma de pétalos levísimos,
enciende cada flor,
toma la tibia cadena de su sangre
y la vierte como osamentas de fragancia.
Mientras la noche hace de las sombras
un solo ramo, una armónica oquedad, un laberinto,
algo se agita profanando el aire
sobre el vínculo genuino de las matas.
Serán las transgresiones del perfume
con su prieta cascada silenciosa
eternizando el insomnio de algún pájaro
que ha dejado sus temblores en las ramas,
su arrullo pendular, sus espejismos.
Y aunque tal vez regrese
ya no está.
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IRREALIDADES
El otoño se inclina sobre el árbol,
cerca de la ventana.
Son mudables sus formas.
Por eso, nunca es definitiva su presencia.
Los hombres también crecen como pasan las nubes:
son un etéreo huésped ocupando su sitio.
Acechan, se confunden,
no tan nítidamente se aprisionan, se embriagan.
Luego meditan, se encienden, se retraen,
adquieren hábitos de peregrino o de serpiente.
Entre impecables ruinas
dejan fluir su inocencia y su condena
agitando desiertos que imperan en el mundo.
Aunque sólo aparecen a favor del olvido
pueden sentir sus huesos reptando en las cenizas.
Porque llegar es el principio
y en cautas apariencias
la vida es el fin de donde emigran.
Seguros e irreales.
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IRREALIDADES
El otoño se inclina sobre el árbol,
cerca de la ventana.
Son mudables sus formas.
Por eso, nunca es definitiva su presencia.
Los hombres también crecen como pasan las nubes:
son un etéreo huésped ocupando su sitio.
Acechan, se confunden,
no tan nítidamente se aprisionan, se embriagan.
Luego meditan, se encienden, se retraen,
adquieren hábitos de peregrino o de serpiente.
Entre impecables ruinas
dejan fluir su inocencia y su condena
agitando desiertos que imperan en el mundo.
Aunque sólo aparecen a favor del olvido
pueden sentir sus huesos reptando en las cenizas.
Porque llegar es el principio
y en cautas apariencias
la vida es el fin de donde emigran.
Seguros e irreales.
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REMINISCENCIAS
El llano azul, ligero en el espacio,
apenas es una línea que se apaga
confiándose a los exilios de la tarde.
Más lejano que el viento, el color
se inclina hacia la espiga.
Luego una voz volviendo sin descanso
por la insistente niebla luminosa,
las altas aves y ese río de oro
que al cabo de los años me rodea
desde alguna mañana.
Hay algo que se descubre en el pasado
cada vez que lo abrimos.
¿Qué recuerda esta cicatriz, casi en el límite?
Las leguas del otoño subiendo en la fragancia
y el incesante espejo que repite
“Eres lo que has perdido”.
---------------------------------
LA GLORIA
Es posible hallar la gloria
sobre una rueda de malvas, diminuta.
Como una dócil fibra tendida al universo
no es siquiera un fragmento
desgarrando los muros.
Sólo enlaza su aroma situándose en la hierba.
Para indicarle un rumbo que sirva de sustento.
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PERFILES
No será en este paisaje.
Será en otro donde los días
hacia parejas sombras se deslicen.
Una llanura, el agua, ese musgoso pórtico cerrado
que vuelve persuasivo a estremecer el sueño.
Los pienso ahora, en suma transparencia,
fieles y peregrinos.
Aparto el apacible polvo de las cosas
y por las lentas voces, ya desaparecidas,
surgen aquellos seres lúcidos y finales,
que en hondas galerías apenas son perfiles
hacia el leve dominio que se obstina en quedarse
sobre mi mano abierta.
El llano azul, ligero en el espacio,
apenas es una línea que se apaga
confiándose a los exilios de la tarde.
Más lejano que el viento, el color
se inclina hacia la espiga.
Luego una voz volviendo sin descanso
por la insistente niebla luminosa,
las altas aves y ese río de oro
que al cabo de los años me rodea
desde alguna mañana.
Hay algo que se descubre en el pasado
cada vez que lo abrimos.
¿Qué recuerda esta cicatriz, casi en el límite?
Las leguas del otoño subiendo en la fragancia
y el incesante espejo que repite
“Eres lo que has perdido”.
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LA GLORIA
Es posible hallar la gloria
sobre una rueda de malvas, diminuta.
Como una dócil fibra tendida al universo
no es siquiera un fragmento
desgarrando los muros.
Sólo enlaza su aroma situándose en la hierba.
Para indicarle un rumbo que sirva de sustento.
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PERFILES
No será en este paisaje.
Será en otro donde los días
hacia parejas sombras se deslicen.
Una llanura, el agua, ese musgoso pórtico cerrado
que vuelve persuasivo a estremecer el sueño.
Los pienso ahora, en suma transparencia,
fieles y peregrinos.
Aparto el apacible polvo de las cosas
y por las lentas voces, ya desaparecidas,
surgen aquellos seres lúcidos y finales,
que en hondas galerías apenas son perfiles
hacia el leve dominio que se obstina en quedarse
sobre mi mano abierta.
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TRÉBOLES
Abandonados al aire de la tarde
cuando los árboles huyen sólo con sus murmullos,
cuando la luna es un difuso alumbramiento
y todas las quietudes sobreviven
velando la belleza,
en visiones letárgicas,
resplandecen los tréboles.
Enhebrándose al musgo y a la hierba
las pequeñas hojas vacilantes
(ligadas al rocío)
van engarzando su lugar entre las sombras.
Y en la noche son un transcurso prodigioso,
un habitado color que prevalece.
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Abandonados al aire de la tarde
cuando los árboles huyen sólo con sus murmullos,
cuando la luna es un difuso alumbramiento
y todas las quietudes sobreviven
velando la belleza,
en visiones letárgicas,
resplandecen los tréboles.
Enhebrándose al musgo y a la hierba
las pequeñas hojas vacilantes
(ligadas al rocío)
van engarzando su lugar entre las sombras.
Y en la noche son un transcurso prodigioso,
un habitado color que prevalece.
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INCERTIDUMBRES
La victoria avanza en la penumbra
por el sendero de los desconocidos.
Son suaves, tristes bocas con ojos relucientes.
Sus manos extendidas van buscando otras flores
por un gélido muro.
Quién sabe quién
recoge sus fragorosas velas.
Sus clamores, su brillo, son los aciagos límites.
Ésta es la causa que viene siempre al hombre.
No obstante, hay otra nave,
existe otra razón de idénticas tinieblas.
Desde adentro, donde marca la soledad
su huella de fantasma,
crece el corazón desprendido del cielo.
¿No fuimos, acaso, en otra parte,
bajo otras apariencias
los rehenes de la propia caída?
Habría que nacer sin la inocencia, sin la culpa,
sin el remordimiento
inscriptos siempre en el revés del alma.
Sería como guardar la eternidad
en la fosforescencia de la arena,
como atravesar un espejismo sobre ciegas certezas
para poder vivir.
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EL VERDUGO
El verdugo insiste en llevarse la vida.
Porque no le enseñaron
que lo eternamente efímero es el destino
y que siempre es demasiado tarde
para mendigar el otro lado de la oscuridad.
La victoria avanza en la penumbra
por el sendero de los desconocidos.
Son suaves, tristes bocas con ojos relucientes.
Sus manos extendidas van buscando otras flores
por un gélido muro.
Quién sabe quién
recoge sus fragorosas velas.
Sus clamores, su brillo, son los aciagos límites.
Ésta es la causa que viene siempre al hombre.
No obstante, hay otra nave,
existe otra razón de idénticas tinieblas.
Desde adentro, donde marca la soledad
su huella de fantasma,
crece el corazón desprendido del cielo.
¿No fuimos, acaso, en otra parte,
bajo otras apariencias
los rehenes de la propia caída?
Habría que nacer sin la inocencia, sin la culpa,
sin el remordimiento
inscriptos siempre en el revés del alma.
Sería como guardar la eternidad
en la fosforescencia de la arena,
como atravesar un espejismo sobre ciegas certezas
para poder vivir.
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EL VERDUGO
El verdugo insiste en llevarse la vida.
Porque no le enseñaron
que lo eternamente efímero es el destino
y que siempre es demasiado tarde
para mendigar el otro lado de la oscuridad.
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INSULAR
Entre malezas flotantes y vapores,
que descifran las inquietudes del remanso,
surge el verde brumoso de la orilla.
Para franquear su límite de espuma
el aroma supera el horizonte anudado al espejo
y es un puente misterioso que se ensancha
elevándose por el juncal al infinito.
errátiles murmullos se recortan
adhiriendo sus seducciones a la ramas.
Insulares criaturas,
de inquieta y tenebrosa transparencia,
afinan sus secretos sobre el pasto.
Desde un sueño profundo viene el aire
cuando su vértigo atraviesa el espinillo
ensimismado bajo las grietas de la luna.
El monte se dispersa hacia un celeste
donde las aves ahuecan su silencio.
La grácil arboleda constelada
abate la soledad de este camino.
En belleza profunda, inadvertida,
el cielo y el agua son dos mundos
extrañamente unidos por las sombras.
Entre malezas flotantes y vapores,
que descifran las inquietudes del remanso,
surge el verde brumoso de la orilla.
Para franquear su límite de espuma
el aroma supera el horizonte anudado al espejo
y es un puente misterioso que se ensancha
elevándose por el juncal al infinito.
errátiles murmullos se recortan
adhiriendo sus seducciones a la ramas.
Insulares criaturas,
de inquieta y tenebrosa transparencia,
afinan sus secretos sobre el pasto.
Desde un sueño profundo viene el aire
cuando su vértigo atraviesa el espinillo
ensimismado bajo las grietas de la luna.
El monte se dispersa hacia un celeste
donde las aves ahuecan su silencio.
La grácil arboleda constelada
abate la soledad de este camino.
En belleza profunda, inadvertida,
el cielo y el agua son dos mundos
extrañamente unidos por las sombras.
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LA MONEDA
La tiniebla y la luz son alas desplegadas
siguiendo el mismo vuelo.
Son el idéntico metal de las dos faces
que ruedan al abismo.
Tiéndete sobre la diminuta eternidad de un día
“y no olvides sepultar la moneda”.
La tiniebla y la luz son alas desplegadas
siguiendo el mismo vuelo.
Son el idéntico metal de las dos faces
que ruedan al abismo.
Tiéndete sobre la diminuta eternidad de un día
“y no olvides sepultar la moneda”.
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LA COSTUMBRE
Pasa el alba. Un resplandor fugaz sobre la tierra.
Debajo, las ciudades están sumidas
en un nivel más hondo que el sueño.
Un ciego remolino arrastra a la deriva
la indulgencia del paso.
A semejanza de mudas escaleras
sigue el idéntico arbitrio de la sangre,
la misma orientación, la misma herida.
Algo palpita allí, en las quietas ciudades.
Es el humilde roce del viento contra el muro,
son las yertas memorias que hunden sus raíces
delante del olvido.
Cual cercana advertencia marchan los lentos días
al encuentro imposible de una remota nube
que jamás habitamos.
Atravesando viles cautiverios
cargan los hombres inútiles designios
a cambio de los dones de la altura.
En la pálida constancia de los ojos
un cielo ausente y circulares migraciones
sobre un rastro de azul petrificado.
Por los leves aconteceres del crepúsculo
vuelve el silencio con su atávico reproche.
Y nada se recobra. Excepto la costumbre.
Pasa el alba. Un resplandor fugaz sobre la tierra.
Debajo, las ciudades están sumidas
en un nivel más hondo que el sueño.
Un ciego remolino arrastra a la deriva
la indulgencia del paso.
A semejanza de mudas escaleras
sigue el idéntico arbitrio de la sangre,
la misma orientación, la misma herida.
Algo palpita allí, en las quietas ciudades.
Es el humilde roce del viento contra el muro,
son las yertas memorias que hunden sus raíces
delante del olvido.
Cual cercana advertencia marchan los lentos días
al encuentro imposible de una remota nube
que jamás habitamos.
Atravesando viles cautiverios
cargan los hombres inútiles designios
a cambio de los dones de la altura.
En la pálida constancia de los ojos
un cielo ausente y circulares migraciones
sobre un rastro de azul petrificado.
Por los leves aconteceres del crepúsculo
vuelve el silencio con su atávico reproche.
Y nada se recobra. Excepto la costumbre.
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EL HALLAZGO
Avanzaba por un sendero oscuro.
Regresó al jardín y enterró su flauta.
Comprobó que su corazón estaba vacío.
Cada uno gana su silencio, su propia dimensión,
la que no pertenece a ningún otro.
Volvió al jardín. Desenterró su flauta.
Como un hallazgo sus labios
recuperaron la memoria.
Y estaba intacto lo que se puede matar
durante el día.
Avanzaba por un sendero oscuro.
Regresó al jardín y enterró su flauta.
Comprobó que su corazón estaba vacío.
Cada uno gana su silencio, su propia dimensión,
la que no pertenece a ningún otro.
Volvió al jardín. Desenterró su flauta.
Como un hallazgo sus labios
recuperaron la memoria.
Y estaba intacto lo que se puede matar
durante el día.
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LA NOCHE
El infinito adquiere un peso humano.
Apenas inclinada está la noche
de fresca resonancia.
Estar así, de frente, en maravilla de azul
y descubriendo
la razón que provoca el desamparo.
La tierra es un velamen, en término de espuma,
extrañamente lejos de su orilla.
La sombra alza su dócil ligadura
cuando enmudecen en los jardines las cigarras
y en la quietud se apoyan las tinieblas.
Eterno y pasajero, éste es un vario mundo
sin dimensión precisa.
En su piadoso ámbito la estrella
es el cálice callado y victorioso,
que insiste en la penumbra.
Donde oscila su péndulo busca refugio el alma.
Ajena, hasta el final.
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EL TIEMPO
Se precisaron las espadas, las almenas,
los versículos de las Sagradas Escrituras
para que el tiempo sea invulnerable
como la luna que admiraban los visires.
Vedadas a su amor quedan las muertes,
las infinitas cruces necesarias,
los días en que ninguno fue el primero.
Como el eco de un reloj en la memoria
van los ponientes y las generaciones,
la gota de agua que cae en la clepsidra,
la puerta verdadera que nunca ven los hombres.
El porvenir de las cosas será el polvo.
Sólo el tiempo es perfecto. Nos modela
y luego, curiosamente, nos olvida.
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EL MIEDO
El miedo siempre se acerca con la noche.
Involuntariamente,
murmura en lenguas extrañas oscuros pensamientos.
Y vuelve, silencioso, sobre las tenues huellas
de perdidos retratos.
En el amanecer, repite aquellos nombres
sentenciosos y graves.
¿Quién cruzará esos sitios dormidos en el tiempo?
Los que sonríen hasta el último instante.
Al borde de la locura.
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El miedo siempre se acerca con la noche.
Involuntariamente,
murmura en lenguas extrañas oscuros pensamientos.
Y vuelve, silencioso, sobre las tenues huellas
de perdidos retratos.
En el amanecer, repite aquellos nombres
sentenciosos y graves.
¿Quién cruzará esos sitios dormidos en el tiempo?
Los que sonríen hasta el último instante.
Al borde de la locura.
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LÍMITES DE LA SOMBRA
Habitando la superficie de la tarde
el oro rojo del poniente avanza.
Última vez y olvido que por fuego
vacila hacia las sombras.
Sobreviven a este mundo decreciente
los dones fugitivos de la estrella.
Bandadas espectrales
van fundando su imperio por los oscuros campos.
Un rumor de agua próxima, con dulzura incansable,
se renuevan los gajos de un oculto jardín.
La intención de la rosa, en ávido minuto,
mueve el aire que gira con su vaga nostalgia.
Sólo grato a la humedad y a la penumbra
un armonioso perfume de jazmines
se afirma persistente a favor del silencio,
un corazón de nácar que sin nubes
por la niebla nocturna remonta su naufragio.
Ante el cielo especular se agita,
en el profundo azul, la trama de la luna,
alabo estas distancias, siempre fieles al orbe
de la extrema quietud, animando lugares
que halagan los recuerdos.
El oeste no brilla. Su agónico destino
es una alianza fresca con la hondura y el pájaro.
Habitando la superficie de la tarde
el oro rojo del poniente avanza.
Última vez y olvido que por fuego
vacila hacia las sombras.
Sobreviven a este mundo decreciente
los dones fugitivos de la estrella.
Bandadas espectrales
van fundando su imperio por los oscuros campos.
Un rumor de agua próxima, con dulzura incansable,
se renuevan los gajos de un oculto jardín.
La intención de la rosa, en ávido minuto,
mueve el aire que gira con su vaga nostalgia.
Sólo grato a la humedad y a la penumbra
un armonioso perfume de jazmines
se afirma persistente a favor del silencio,
un corazón de nácar que sin nubes
por la niebla nocturna remonta su naufragio.
Ante el cielo especular se agita,
en el profundo azul, la trama de la luna,
alabo estas distancias, siempre fieles al orbe
de la extrema quietud, animando lugares
que halagan los recuerdos.
El oeste no brilla. Su agónico destino
es una alianza fresca con la hondura y el pájaro.
Excelente. Me encantaron, sobre todo: "Sólo el tiempo es perfecto. Nos modela
ResponderEliminary luego, curiosamente, nos olvida". Genial!!!
Anibal Rodríguez
Bueno...qué decirte Susana? Desde que me mostraron tus letras quedé prendida. A mí me gustaron todos tus poemas. Un abrazo! y un enorme gusto.
ResponderEliminarte conocí por Emma Gunst
ResponderEliminary se lo agradezco, porque yo tmb me quedo prendida.
Un abrazo Susana!