Cómo nombrar de nuevo aquellos sitios
y ver en las barrancas
esa luz inconclusa
que hilvanan las luciérnagas.
No es abstracta la noche
en la región del agua.
El remanso se estira hasta extraviarse
para rozar las madrigueras.
Una canoa se hace invisible en este sueño.
Nada desaparece,
todo se guarda bajo el párpado.
La nostalgia es el riesgo
de estar en otra parte.
y ver en las barrancas
esa luz inconclusa
que hilvanan las luciérnagas.
No es abstracta la noche
en la región del agua.
El remanso se estira hasta extraviarse
para rozar las madrigueras.
Una canoa se hace invisible en este sueño.
Nada desaparece,
todo se guarda bajo el párpado.
La nostalgia es el riesgo
de estar en otra parte.
A golpes de aire abierto
una palpitación que crece sin medida,
una comarca de símbolos humosos
en eterno conflicto.
Así es la arena,
un frenesí delgado que vuela hacia la altura
y que no puede sobrevivir
sino cayendo
en finas claridades
dispersas por el mundo.
Pero siempre regresan frágiles y silenciosas
con sus antiguos ritos
alrededor del agua.
Una canción de oro deja el canto rodado.
El río es un diluvio que levanta murallas
para sentirlo dentro.
En número inconstante
es el puente sonoro que decide el sosiego,
la réplica invisible,
la queja fiel del agua.
Con gesto cadencioso
el sueño y no la muerte lo abraza en su camino.
Así vive la piedra infinitas edades
y entre el fondo que oscuro acrecienta la noche
bebe un filtro de luz que baja con los astros.
Sitiado por las sombras,
en pura soledad,
el sauce guarda
la mitad del silencio.
A nivel de otras transparencias,
que exceden la memoria,
de antigua luz regresa la frescura.
No es sino el paso
de un esplendor a otro.
Qué vaguedad,
qué rara finitud
marca el filo de un pájaro
sobre el sueño del agua.
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Las regiones del agua son caminos,
frágiles horizontes que vacilan
cuando nace la lluvia.
Bajo la superficie
hay ecos que persisten.
Es la misma canción la del follaje
quebrando esos espejos.
Son voces que apenas se insinúan
para habitar el río.
Tan fuera de la altura la corriente
sabe cambiar el curso y se desliza
buscando otro rumor, otras distancias.
Cuando regresa el viento,
que asciende de la costa,
en círculos mudables
la regresa a su sitio.
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Numeroso el celeste de los jacarandás.
Vistas a contraluz
van algunas criaturas,
plenamente secretas aún para las sombras.
El agua y su cordaje remontan luces de oro,
que se hacen extremas
hasta agotar sus filos cuando acceden al fondo.
Como fugas que invitan a seguir la corriente
flotan los camalotes
y en su clave redonda llevan un universo
que descifran los pájaros.
La palabra se ausenta.
Tan fuera de su alcance los ojos han traído
lo que no han vuelto a ver.
Y la nostalgia.
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Bandadas que se agrupan
en círculos rasantes
buscan desvanecerse
hasta que nada queda
ni el clamor de las hojas
que adoptan el silencio.
Un tronco inhabitable
se incorpora a la trama
del tumulto perdido.
Qué traslados hacen que la noche
sea una torre inversa entre dos cielos.
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El agua siempre alumbra las bellezas perdidas,
lo que no fue, lo que pasó tan súbito
que se extravió con un clamor imperceptible.
En un lugar rompe su alianza con las sombras
para trepar al infinito.
¿No es acaso el remanso el que camina
con un trazo de estrella
para después unirse a algún aroma
que decrece distante?
El aire vibra sobre el suelo esmaltado
cuando los grillos son cómplices de la noche.
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El viento se pega al horizonte.
Hay ramas que no ceden.
Van de altura en altura
siguiendo al eucaliptus.
El aire resume en los sonidos
las secuencias del agua.
Con la misma canción los rumores se quedan
como fieles intrusos
que acerca la memoria.
¿De dónde vienen?
Del ayer impreciso
que es de ninguna parte.
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Qué península en gris, anochecida
forma el sauzal cayendo con la tarde.
Con un hosco vaivén se inquieta el río,
que siempre es agua pura ante los peces.
En cambio, para el hombre es un paisaje
que no logra saciar la sed
de su garganta.
Un zorzal vuela rasante en las orillas.
La turbación es acaso una fisura,
un hilván que abandona
en su viaje de arenas.
Bajo la Cruz del Sur
es apenas un punto, es una ráfaga
que ocupa otro lugar
en el espacio.
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Se dejan ir las nubes.
Cada vez más secreto el espejismo
se hunde en las retamas.
La tarde se suelta de la luz
y hace menos visible
el borde de la costa.
Bajo la luna quieta
(que es el lugar del mundo)
hay murmullos que inundan el vacío.
Pájaros que se suman
a otros horizontes
y algún remo nocturno que se mezcla
al roce de las hojas sobre el agua.
Acaso lejanías
de cercano equilibrio
que crecen
y no están.
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Rumores vegetales deshechos por el viento
dejan sus resonancias
que flotan y se pierden
en las zonas del río.
Sólo quedan restos de pisadas
que vulneran las sombras.
Regresa la memoria que se alarga
para alcanzar el aire
que ha ocupado otro reino.
El agua sigue allí.
No existe otro rumor
que aún siendo de la espuma
pueda guardar tanto sonido
en sus espejos.
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Llega la lluvia
con su gota insegura
cuando cae en el agua.
Naufragar es parte del camino.
Una variable
bajo la superficie.
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La llanura y las islas
se unen al misterio.
Leves ondulaciones
de pájaros en viaje
improvisan sus huellas
en las líneas del agua.
Son voces que armonizan
evadiendo el silencio
y en un propio lenguaje
liberan su canción.
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Hay un roce que sube
sin tocar las orillas.
Ignoro de qué sueño las verbenas
traen las alas de un perfume
profundo y agilísimo.
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Como blancos vigías saliendo de la bruma
amanecen las garzas.
Son livianos temblores que agitan la maleza.
Las veo, sólo a veces,
zarpar buceando el aire,
suavemente seguras,
sobre la turbación del agua.
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Desligada y presente
la quietud va creciendo
en horas de la tierra.
La sombra medular es otro muro
que desciende hacia el río.
De nada sirve que el agua
pueda sentir los peces
moviéndose en lo oscuro
como si fueran pájaros.
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El agua no conoce su destino.
Entre piedra y orilla
tiene forma de espada o herradura.
A veces lenta, a veces tumultuosa
es un rayo que vuela hacia la libertad del llano.
El río siempre escapa de sus verdes prisiones.
Con su rumor desborda.
Y continúa.
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Corren aletargados los ríos en otoño.
Hoja en el aire y viento
que siempre los desvela.
La tenue luz de abril ya se clausura
junto al agua irrepetible donde entraba.
Ignoran sus umbrales que se altera,
próximo al sueño,
todo lo existente.
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Cuando nada se mueve
en el trébol están y en cada cosa
los ojos del rocío.
Siempre aparecen vuelos que se pierden,
que no eligen quedarse en las orillas.
Hay un claro en el cielo que en su fino temblor
sigue mirando el agua.
La luna agrega su blanca superficie
a la inquietud del árbol.
Es decir, concede
otras luces al mundo.
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A la hora en que el sol alza sus planos,
crecientes de amarillos,
se entrelazan los musgos
al tiempo de los peces.
Con frescura sin luz
se ondulan bajo el agua.
Después sucede
el ritmo de la tarde.
El verde que remonta
brotando entre las piedras
se guarda largamente
bajo el disco borroso que anticipa la luna.
Por una suerte de olvidados reinos
van quedando señales que se asoman
entre un extremo y otro de los días.
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Sobre la superficie movida por las olas
no hay huellas.
Solamente la lluvia reúne sus secretos.
De lo sonoro el río acusa
esparciendo confesiones en las ramas.
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Una secreta niebla
improvisa fachadas
sobre los pastizales.
Emergen de la fronda
erráticos sonidos,
mensajes que no llegan
a estremecer la luna.
Casi un temblor del aire
el junco es una línea
que se mueve flexible
en el paisaje incierto.
Por las leguas del río
ya se guarda la tarde
con el último vuelo
del ave que se va.
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La distancia aparente,
en tramos imprecisos,
abre un mundo secreto
que anticipa la noche.
Por la inquietud abierta
entra de nuevo el canto
que es memoria del agua.
Midiendo la neblina,
con los ojos del tiempo,
¿he de volver a verla
más allá del insomnio
y de la eternidad?
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¿Dónde se cumple el tiempo que olvidamos?
Ninguno puede ser lo que antes ha sido.
Así se sueltan las hojas del otoño
tejiendo sus redes sin medir la caída.
Así, también el sueño
hace llover la luna en la ventana.
Con un último gesto asciende otro sonido
cambiante y apagado.
Es el río que tiembla. Como una oscura lágrima.
En el silencio.
Lejos.
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Como el hombre y los días
también el río crece
cambiando de caminos.
Su corriente infinita,
que viene de otros tiempos,
es el agua cercana.
Y es el agua del mundo.
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SONETOS
Si ya no existe, si es recuerdo apenas
esa inquietud cuya extensión oscura
acercaba su impulso a mi insegura
vigilia por sus pálidas arenas.
Cómo es posible que ese movimiento
pueda emerger en un instante aislado
desde el fondo del cauce ensimismado
si está perdido, si su paso es lento.
Qué voz y qué emoción forman el eco
del manantial ya huérfano y reseco
que hace el silencio mucho más sombrío.
Acercando a mi verso vacilante
un rumor sensitivo semejante
a la agreste canción del viejo río.
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Quedó lejos, por eso fue olvidada
la historia de una piedra enmohecida
que al estar bajo el tiempo sumergida
es tan serenamente redondeada.
Y al musgo que anochece en el olvido
inmemorial, de pronto, lo cautiva
la luz de una criatura fugitiva
dejándole un monótono latido.
Siguiendo el horizonte surge un brote
que por tranquilo parece un camalote
oscilando con frágil sencillez.
Y aunque el agua reitera en su constancia
ese rumor que vuelve de la infancia
siempre la miro por primera vez.
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Desde otra luz, de tanta lejanía
y en divergente línea minuciosa
el agua pensativa y quejumbrosa,
trae un rumor que elige la poesía.
Y con ella en el ocio del camino,
como a través del alba y el poniente,
se congrega el pasado humildemente
con la imagen cambiante del destino.
Volviendo a la región donde el tesoro
no es nada más que algún aromo de oro
guardando su temblor sobre la orilla
perdura en este mágico desierto
un corazón, que aunque parece incierto,
ante ese espejo fiel se maravilla.
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Es continuo y marcado su desvelo
y es la vez sencilla su corriente
cuando larga se pierde bajo el cielo
entre un rumor que gira indiferente.
Errante va la luna sobre el suelo
al tiempo que una estrella confidente
ve renacer en la distancia un vuelo
perdiéndose en la noche transparente.
Su lentitud, a veces, es perfecta
siguiendo sin premura alguna recta
como un paso absorto que conmueve.
Y aunque fluye discreta e invariable
se suma a su huella perdurable
un sendero de gotas cuando llueve.
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Vuelvo a mirar los árboles abiertos,
verbenas, juncos, garzas, espinillos,
que aproximan el agua a los sencillos
paisajes olvidados y desiertos.
Y siempre brilla la ondulante espuma
por el perfil endeble del pasado,
que como un fiel designio está a mi lado
conciliando el presente con la bruma.
En la amorosa vía de los peces
fluye un oscuro diálogo que, a veces,
hacia el distante ocaso se encamina.
Guardado entre el insomnio es el rocío
casi un breve temblor en el vacío
que remonta la magia vespertina.
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Con sólo recordarla ya presiento
el oleaje profundo y minucioso,
y aunque ignore la pausa del reposo
marca todo un camino en movimiento.
El agua que atardece es la pintura
que halla al gorrión en vuelo displicente,
buscando desde el aire decreciente
dónde albergar su parda miniatura.
La estrella con su brillo inaccesible
puede volverse lumbre en la apacible
soledad de este espejo envejecido.
Sobre la superficie presurosa
se desliza una rama silenciosa
mostrando en su cadencia lo que ha sido.
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Como si desafiara al remolino
forma el agua una espuma bajo el viento
y al regresar la luna al firmamento
la ubica en un espacio peregrino.
Detrás de algún remanso la persigue
y la dispersa cambiando su destello
pero ella aparece como un sello
sin que nada la ausente o la mitigue.
Y al estar sobre el río es un consuelo
cuando se suma al esplendor del cielo
aunque dure el encanto un segundo.
Estos sitios ligados al misterio
liberan una luz en cautiverio
puede acercar una esperanza al mundo.
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Como esencial motivo la he buscado
aún cuando la sé desvanecida,
lejos de la ciudad donde la vida
reitera su tristeza en el tejado.
Cerca de mi balcón una bandada
de errantes aves por el breve cielo,
en un plano distante y paralelo,
despertaron esa región callada.
Le dije al corazón: vuelve al paisaje,
imagina en la tarde que el follaje
sobre el agua parece un artesano.
Cumplirá su quimera el viejo sauce
dejando verdes rastros sobre el cauce
y un desvelo de adiós sobre mi mano.
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